Lo argentino del Manifiesto. Propuestas de reflexión activa.
Por
María Rosa Lojo
Ya
sucedió
La
situación en la que nos encontramos ahora, la indignación
y la voluntad de cambio que nos reunieron, ya han ocurrido ?salvando
las distancias que deban ser salvadas? otras veces en nuestra historia.
Recordaré, entre ellas, a un intelectual argentino: Ricardo
Rojas, que en 1918 hablaba frente a numerosos conciudadanos (la
mayoría de ellos, jóvenes) para lanzar, como nosotros,
un "manifiesto": la "Profesión de fe de la
nueva generación". Rojas, que había votado por
Yrigoyen, no era entonces militante de ningún partido político,
ni había desempeñado otros cargos públicos
que los derivados de su brillante carrera académica. Proponía
-disconforme, como nosotros, de todos los partidos entonces activos--
la constitución de un nuevo movimiento: la "Alianza
de la Nueva Generación". La "Profesión de
fe" que se da a conocer entonces persigue, sobre bases laicas
y democráticas, la unidad de la nación en tanto comunidad
histórica, y matriz de una cultura que mucho le debe a Europa,
pero que debe desarrollarse con independencia de las "civilizaciones
progenitoras". "Y a fin de que nuestro ideal se concrete
?se dice allí?queremos modificar en la sociedad argentina
su política, su educación, su arte, su economía,
sus costumbres. El desarme universal, la igualdad de las naciones,
la libertad de los mares, el arbitraje obligatorio, la armonía
panamericana, quedan dentro de nuestros propósitos internacionales.
Auspiciamos asimismo todas las reformas que puedan asegurar a los
habitantes de la República, sin distinción de nacionalidad,
como lo quiere la Constitución Argentina, el derecho a la
vida, a la habitación, a la salud, al trabajo, a la huelga,
a la palabra, a la educación, a la libertad y a la paz."
La reforma del régimen electoral, el énfasis en la
transformación educativa son sus prioridades. El partido
político germinal que surge junto a este manifiesto, no prosperó.
Pero años más tarde, ante la aberración del
golpe de estado de Uriburu, Rojas privilegia aquellos aspectos que
lo acercan al radicalismo, por sobre otros que lo separan (en particular,
actitudes de Yrigoyen), y se convierte en militante activo, con
el fin primordial de restaurar la democracia en la Argentina. Rechaza
de plano la "trampa electoral" de la época, que
sólo servirá para perpetuar el "eterno retorno
de lo mismo", y sufre la cárcel en Ushuaia por firmar
y dar a publicidad otro manifiesto: el abstencionista. Sin embargo,
un sufrimiento mayor le espera a la vuelta. El partido, en su mayoría,
prefiere entrar en el luego del poder, por fraudulento que sea,
y ya no quiere la abstención. Rojas, no obstante, sigue en
su postura. En 1935, cuando triunfa el "concurrencismo",
decepcionado ante la actitud de sus correligionarios, vuelve a sus
libros, y en 1948 se aleja definitivamente de la militancia, aunque
no por cierto de la preocupación política que lo acompañó
hasta su muerte.
La
singularidad/ "sinpluralidad" argentina. ¿Por un
nuevo "nacionalismo"?
No
cito el caso de Rojas para desmoralizarnos. Por el contrario, es
para recordar que, así como tenemos una larga y lamentable
tradición de corrupción y defecciones, tenemos, asimismo,
una honrosa tradición de resistencia civil. El "mal
argentino" no comenzó ayer. Si repasamos diarios y revistas
de la década de 1920 no pocos titulares y editoriales parecen
fechados en la contemporaneidad más inmediata. Se han intentado
dar muchos diagnósticos ¿inteligentes o delirantes?
de ese "mal". Lo único cierto es que es nuestro,
y que sólo nosotros podemos encontrar los procedimientos
de la curación. Contra ese "mal" ?para entenderlo
y para neutralizarlo-- se escribió nuestro Manifiesto también
argentino. Quisiera llamar la atención sobre este adjetivo
clave, y sobre el título, y el contenido, del libro alegato
de Mempo Giardinelli: Diatriba por la patria. Por primera vez, en
los albores del siglo XVII un cronista rioplatense de sangre mestiza,
Ruy Díaz de Guzmán, le confiere a esta palabra: patria,
el sentido que le damos hoy. No ya la tierra de los antepasados,
de los patres, sino el suelo donde nacimos.
Es
hora, creo, y hemos empezado a hacerlo, de resignificar esas palabras,
de volver a apropiarnos de un tesoro semántico que las diversas
corrientes de derecha y ultraderecha, y particular, la última
Dictadura militar, nos han arrebatado como si les perteneciera.
Se suele asociar indiscriminadamente a los nacionalismos con la
derecha autoritaria, en sus múltiples matices o vinculaciones
(fascismo, nazismo, clericalismo, totalitarismo de cualquier índole,
intolerancia, exclusión, ideologías racistas, visión
jerárquica y militarista de la sociedad). Sin embargo, hay
nacionalismos de izquierda, donde la reivindicación de lo
nacional en tanto cultura oprimida se ve como condición principal
para el restablecimiento de los derechos del pueblo (las izquierdas
de las autonomías españolas son testimonio de ello).
No es justa ni históricamente exacta, pues, la asociación
excluyente de nacionalismos derechas.
Por
otra parte, si en los tiempos postmodernos las naciones parecen
amenazar con disolverse en la marea de la globalización,
recordemos, una vez más, que la globalización es asimétrica,
y que, si el poder de los grupos económicos trasciende las
fronteras políticas, unas naciones pueden más que
otras, unas son más "soberanas" que otras. Baste
remitirnos a la actitud de los EEUU, que ha emprendido la guerra
con Irak sin el consentimiento de la ONU, ejerciendo el único
derecho de la fuerza. Si los EEUU se permiten "patotear"
a sólidas y ricas naciones europeas, como Alemania y Francia,
rectoras del Mercado Común, no debe extrañarnos que
una nación periférica y pobre como la nuestra, en
un estado de virtual anarquía, carcomida ya desde el interior,
pueda derrumbarse como un castillo de naipes, ante cualquier maniobra
de una potestad externa.
En
suma: nada más legítimo (y más necesario) hoy
día, que rescatar, como intelectuales argentinos, la idea
de "nación" ante la gravísima coyuntura
que atravesamos. Sabemos que hay por lo menos dos grandes conceptos
de "nación": la nación-estado, entidad soberana,
articulada sobre un sistema jurídico que asegura un pacto
de convivencia entre grupos humanos sobre un mismo suelo políticamente
delimitado, de acuerdo a leyes establecidas y con las garantías,
derechos y obligaciones que la Constitución estipule.
Por otro lado, la nación entendida como singularidad cultural,
comunidad de tradiciones, historia y valores, de sentimientos y
creencias, más allá de la mera legalidad. Este segundo
concepto, vindicado por el filósofo Fichte, y de cuño
romántico, es el que más problemas ha presentado históricamente.
Se ha querido cristalizar (y sacralizar) esa peculiaridad cultural
en un "origen", se han buscado "esencias" inmutables,
olvidando aquello que en realidad construye a las naciones: su historia
viva; se han legitimado unos aportes como fundadores y se han negado
otros como exógenos e inaceptables. Esto era relativamente
lógico en un país aluvional como el nuestro, sometido
a transformaciones étnico-culturales vertiginosas, y explica
las alarmas defensivas del mismo Ricardo Rojas en La restauración
nacionalista (1909), que en obras posteriores (Eurindia) evolucionará
hacia una comprensión integradora, no dicotómica,
de lo "exótico" y de lo "indiano".
Nos
correspondería hoy, creo, sostener la idea de "nación
argentina" como estado soberano, y también como singularidad
cultural (que es, en nuestro caso, una compleja "sinpluralidad"
diferenciada). Cuando Rojas decide iniciar la vasta empresa de una
Historia de la literatura argentina, recibe no pocas burlas: prestigiosos
colegas dudaban de que hubiese entonces, en nuestro país,
una literatura. Hoy tenemos más que una literatura; tenemos
un acervo cultural consolidado y propio en todos los frentes creativos.
Un acervo que responde a diferencias, a magníficas heterogeneidades
que nos enriquecen dentro de la unidad: étnicas, geográficas,
religiosas. Pero todas ellas nos pertenecen. Todas pueden integrarse
en un mapa no dicotómico, que no niegue lo aborigen para
proclamar lo europeo, o viceversa; que no ahogue la diversidad regional
en "lo nacional", que deje de dividirnos, de una vez por
todas, en "civilizados" y "bárbaros",
o "unitarios" y "federales", o "gorilas"
y "peronistas", o cuantas antinomias irreconciliables
hayamos inventado para hacernos la vida más difìcil,
y la comunidad, imposible. Desdichadamente, desde los comienzos
de nuestra historia común, hay "invariantes" que
se repiten: entre otras, el desfasaje entre las leyes y las conductas
(empezando por las leyes de Indias); el endeudamiento crónico,
la intervención extranjera en nuestros asuntos (primero Gran
Bretaña, luego los EEUU y el FMI), la corrupción y
la permanente discordia interna como incapacidad para convivir dentro
de las disidencias; la pugna, sorda o explícita, entre Buenos
Aires y las provincias.
¿Qué
podemos hacer?
El
"Manifiesto Argentino" surgió como un grupo de
pensamiento. Más allá de todas las acciones, útiles
y necesarias, que puedan emprenderse en otros planos, me parece
muy importante enfatizar esta condición. Quienes nos dedicamos
específicamente a ese trabajo:
pensar, y escribir, somos los más indicados para profundizar
en esa línea, y recibimos incluso pedidos institucionales
(por parte de escuelas, por ejemplo) para prestar este servicio
a la sociedad. Propongo, por ello, sostener, como grupo intelectual,
una permanente presencia reflexiva, en todo lo que hace a la "cuestión
nacional" presente y pasada, con acento particular en nuestro
máximo patrimonio: el cultural, como eje de nuestra resistencia
civil. Es el único que no han podido arrebatarnos, el único
que parece soportar todos los embates. La gente, y esto lo he comprobado
a menudo, quiere pensar sobre la Argentina, conocer sobre nuestra
Historia, nuestra Literatura, nuestro pensamiento,y esto sucede
mucho más allá de los ámbitos altamente especializados
en que algunos de nosotros nos movemos. ¿Cómo orientar
y satisfacer, en ese sentido, tales inquietudes comunitarias?.
Propongo,
entonces:
Jornadas
de reflexión abierta; congresos o encuentros locales y nacionales
organizados por el Manifiesto. Se podría interactuar? pero
sólo si Mempo lo estima conveniente-- con la Fundación
Giardinelli y sus magníficos Foros, aunque cuidando, claro
está, de no confundir ambas cosas.
Presencia
en los medios, escrita, radial o televisiva.
Presencia
en instituciones públicas, desde la escuela primaria a la
Universidad.
Presencia
en instituciones culturales privadas, a través de clases
y conferencias.
Publicación
propia, que se llame también "Manifiesto Argentino"
y donde podamos exponer nuestro proyecto, nuestra idea nacional,
a través de ensayos y trabajos de investigación.
Página
Web del Manifiesto especializada en Literatura Argentina Contemporánea,
con información y trabajos críticos. Esto me lo han
pedido especialmente docentes de EGB y Polimodal, que no saben cómo
abordar nuestra literatura actual, qué dar a sus alumnos
para leer y cómo conectarse con escritores/as para que vayan
a las escuelas.
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